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Exorcizo te,
immundissime spiritus,
omnis incursio adversarii,
omne phantasma,
omnis legio.
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Cada una de las palabras que el padre Bowdern pronunciaba era como una puñalada para el cuerpo de Robbie que se retorcía, blasfemaba y echaba espuma por la boca. El religioso hacia la señal de la cruz sobre su frente y más fuerte pronunciaba las palabras del Rituale Romanum.
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Eradicare,
Et effugare ad hoc plasmate Dei
In nomine Domini nostri Jesu Christi.
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La escena era escalofriante. Los padres tuvieron que abandonar la habitación debido a la impresión de ver en aquella penosa situación a su hijo. Los sacerdotes, Walter Halloran, Raymond J. Bishop y William S. Bowdern ya habían sido testigos con anterioridad de las convulsiones, las palabras que brotaban bajo la piel y de todo tipo de fenómenos paranormales que se daban en torno al endemoniado. Nunca, como en esta ocasión, fueron tan fuertes como para llegar a temer por la vida de Robbie. Pero ya no podían volverse atrás.
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Praecipio tibi quicumque es,
Spiritu immunde,
Et ómnibus sociis tuis.
¡ Praecipio Tibi !
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1949 Mount Rainer, Washington.
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Robert Mannheim nació en el seno de una familia trabajadora. Su padre Karl, que ocupaba un cargo en el gobierno federal, ganaba lo justo para que a su mujer y su único hijo no les faltara de nada. Con trece años Robbie - como le llamaban en familia- era un chico normal, aunque con unas aficiones inusuales para su edad. La ouija- contracción del término “si” en frances y alemán para definir un rudimentario sistema de conexión espiritista- era su “juego” preferido. Su tía Harried era espiritista y enseñó al niño a “establecer contacto entre este mundo y el otro” a hablar con los espíritus de los muertos, como ella creía hacer. Jornada tras jornada los dedos de ambos se movían a lo largo de la tabla de madera y a cada sacudida del vaso sobre el alfabeto, la sangre del adolescente corría más deprisa por las venas. Le entusiasmaba esa forma de contactar con algo que no era físico, con esos seres que según Harried pululaban a su alrededor tras dejar este mundo. Tanto se aficionó a la ouija que incluso llegó a intentarlo en solitario, en la intimidad de su dormitorio.
Pero el destino quiso que su tía falleciera. Robbie no lograba superar la muerte de la que había sido su maestra y amiga, no concebía no poder hablar con ella, ni poder volver a verla y decidió probar con el tablero que en tantas ocasiones habían compartido. Estaba obsesionado con contactar con el espíritu de la difunta.
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Con el paso de los días todos parecían haber asumido la muerte e intentaban volver a la normalidad. Pero una noche se comenzaron a escuchar unos extraños ruidos. Parecían arañazos. Karl estaba seguro que un roedor merodeaba por la casa y la llenó de trampas para darle caza. Los sonidos continuaban, ahora parecía que alguien caminaba en el piso de arriba y, sobre todo, se escuchaban en el dormitorio del niño, que parecía muy asustado.
Phyllis, su madre y la abuela Wagner decidieron dormir con el chico y pudieron ser testigos de cómo unos pies, incansables, taconeaban alrededor del lecho de Robbie. Inmediatamente pensaron en Harried. Sabían de sus aficiones por lo oculto aunque nunca habían creído lo que les contaba sobre el contacto con los fallecidos. Aún así hicieron un experimento...
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- Si eres Harried da cuatro golpes.
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Y cuatro fuertes golpes se escucharon en la habitación. Acto seguido, la cama se empezó a agitar, un arañazo recorrió la parte de abajo del colchón y los bordes de la sabanas “se levantaron sobre la superficie de la cama y se enroscaron como si estuvieran almidonadas”.
Durante tres semanas, estos fenómenos se produjeron noche tras noche y cada vez con más énfasis. Según varios testigos que se hallaban en el domicilio, un abrigo salió volando de un armario, una mesa se volcó e incluso una Biblia salió disparada desde la librería para acabar aterrizando en los pies del niño. La familia ya no sabía que hacer. Robbie no podía descansar y dejó de acudir al colegio ya que también allí, en varias ocasiones, su pupitre había salido despedido golpeándose de lado a lado contra las paredes de la clase.
Los padres recorrieron consultas de médicos y psiquiatras, pero todos coincidían en que era “un chico normal”. Como nadie les daba una razón sobre los males que se producían en torno a Robbie decidieron acudir al reverendo luterano Luther Miles Schulze de la Trinity Lutheran Church. Este fue testigo de números poltergeist- término utilizado que significa duende burlón-. Al principio, estaba convencido de que se trataba de trucos llevados a cabo, de alguna forma, por el muchacho. Más tarde, pensó que podía tratarse de una posesión demoníaca, pero su religión no podía hacer nada; Lutero había eliminado varios rituales seculares del catolicismo como el exorcismo. Schulze, impotente, decidió poner en contacto a los padres con un sacerdote cristiano E. Albert Hughes.
Hughes, tras estudiar el caso, quiso comprobar si en realidad se trataba de una posesión, y descartar que fuera una infestación, - indicada por fenómenos tipo poltergeist-, ni una obsesión, que según una definición teológica publicada en 1906 era la fase en que “el demonio nunca le hace a la víctima perder el conocimiento pero no obstante le atormenta de tal modo que la acción del demonio es manifiesta”.
En pocos días pudo observar que el comportamiento de Robbie parecía el de un poseído por el Maligno, y decidió emplear el exorcismo. Para ello se le trasladó al Georgetown Hospital, donde el sacerdote comenzó a rezar las plegarias expuestas en el Rituale Romanum. Cuando se disponía a concluir el Padre Nuestro, el endemoniado rápidamente cogió uno de los muelles del somier y atacó al religioso provocándole un profundo corte desde el hombro hasta la muñeca. El padre se negó a volver a ver al muchacho y mucho menos a repetir el ritual.
Los padres decidieron pasar una temporada en St. Louis, donde tenían varios parientes, ya que en la ciudad se empezaba a murmurar sobre el “chico endemoniado”.
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Christe, audi nos.
Christe, exaudi nos.
Sancta Maria, ora pro nobis
Sancte michael
Ora pro nobis
Sancte Gabriel...
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A medida que las oraciones se iban produciendo, las convulsiones de Robbie eran más fuertes, los gritos mas agudos y los estigmas que marcaban su cuerpo comenzaban a aparecer. La palabra Infierno, se dibujo en su pecho y después otra formación apareció en su vientre “ Robbie parecía sentir un agudo dolor en el estomago. Al levantarle la chaqueta del pijama, pudimos ver unos arañazos en zigzag sobre el abdomen del muchacho. En el brazo izquierdo, en la cara exterior del antebrazo, tenía dos arañazos en forma de cruz. El dolor era similar al producido por el arañazo de una espina. La cruz permaneció a la vista alrededor de cuarenta y cinco minutos”. Los sacerdotes no podían creer lo que estaban contemplado, estaban asustados, pero aún así no se rindieron y continuaron con las plegarias...
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Robbie cayó en un profundo sueño y los sacerdotes decidieron irse a descansar para retomar el exorcismo al día siguiente. Según apuntó el padre Bishop en su diario “hacia las 7:30 de la mañana, R. Comenzó un sueño natural y siguió pacífico hasta la 1 de la tarde del día 17. Entonces tomó una comida corriente y participó en una partida de Monopoly”.
Cada noche, los religiosos acudían a casa de Robbie para repetir el ritual, y cada mañana salían del hogar más desalentados y cansados. ¿Cuánto tiempo duraría aquello? ¿Cómo sabrían que el mal había abandonado el cuerpo del pequeño?
A veces, los demonios “dejan el cuerpo prácticamente libre de molestias, de modo que la víctima cree que los ha expulsado por completo. Sin embargo, el exorcista no debe desistir hasta que vea señales de la expulsión” decía el Ritual. Pero ¿qué señales eran aquellas? Ninguno se había enfrentado con anterioridad a un verdadero caso de posesión ¿cómo sabrían que todo había acabado?
Bowdner decidió que lo mejor sería convertirlo al catolicismo y así lo hizo; primero fue bautizado y más tarde, con gran dificultad ya que en varias ocasiones escupió la ostia consagrada, se le dio la comunión.
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Pero aún así durante los exorcismo, según Bishop “R. Se erguía en la cama y peleaba con todos los que le rodeaban. Gritaba, saltaba y daba puñetazos. Tenía el rostro diabólico y le castañeteaban los dientes de furia. Intentaba morder la mano del sacerdote que le bendecía y mordía a los que le sujetaban”.
Además como en otras ocasiones hablaba en latín, ladraba como un perro, agitaba brazos y piernas, se retorcía, arqueaba el cuerpo y escupía furiosamente a la cara de todo el que se encontrara a su vera.
Por fin, hallándose en el Hospital de los Hermanos Alejianos, el 18 de abril, fecha en que, se había dibujado en el cuerpo del joven junto a la palabra EXIT, se produjeron “las contorsiones más violentas de todo el periodo que duró el exorcismo. Era la lucha final”. Tras este ataque que duró unos ocho minutos, se oyó un sonido muy fuerte y una luz muy brillante iluminó la estancia, Robbie se levantó de la cama y dijo “San Miguel ha venido. Esto se ha acabado”.
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